El picudo rojo y la cayena
Poseo 15 bonitas palmeras y hace dos años, por el ataque del
picudo rojo, una se secó.
Fue durante las
tareas de talar y quemar los restos de la palmera cuando conocí físicamente al
temido picudo rojo. Dentro de mí apareció un sentimiento de alarma e impotencia porque conocía, por las noticias
que anteriormente habían aparecido en la prensa, que no existía ningún modo de
eliminar al temido picudo. No obstante fui a documentarme y comprar ‘lo que
fuera’ a una tienda especializada en insecticidas y allí, de casualidad, conocí
a la persona que tenia nuestra Comunidad
como responsable de las acciones y el seguimiento del comportamiento del
picudo.
Vino a ver las palmeras y diagnosticó, con acierto, todas
las que estaban infectadas. Apliqué las recomendaciones que me indicó, mediante
la contratación de personas especializadas, consistentes en la inyección de
tres frascos de insecticida en el trunco
de cada una de ellas y fumigaciones
periódicas con un insecticida que, también indicó. Con este tratamiento
desapareció la infección de todas las palmeras.
Con la colocación de los frascos de insecticida las palmeras
quedaron, puede imaginar, con tres goteros cada una. Parecían estar en una U.C.I.
Así, con vigilancia permanente, pasaron
el invierno sin presentar síntomas de infección. Pero llegó la primavera y
descubro que, de vez en cuando, aparecía en vuelo algún individuo. Inicio las
fumigaciones cada 15 días y desparecen los picudos pero no veía a ninguno
muerto. No lo podía entender hasta que me di cuenta que habían abierto una
entrada por una de las cepas que quedan al cortar una palma.
En este momento no tenía insecticida y decido fumigar con el
caldo producido al cocer un puñado de cayenas rebajado con agua. Pica tanto que, pensé, igual no los mata pero
al que ‘enganche’ lo dejo ciego, seguro. A un tarro de cayenas cocidas les
ponía cuatro litros de agua. Con este líquido fumigué y llené su entrada,
varias veces. Resultado, en todo el
verano capturé, muertos, más de cien picudos que todavía guardo en un
recipiente. Casi todos ellos en la misma palmera, la que tenía la entrada y morían
en la misma entrada o en cualquier lugar que se posaran. Quedaban inmóviles, caían y morían
en el suelo. Dentro de unos días voy a inyectar este ‘potingue’ en los troncos de todas.
Ayer leí un artículo
que aparece en una revista que trata sobre las bondades de la capsaicina,
principio activo presente en la cayena para tratar distintas patologías de personas.
Es realmente impresionante.
Es, dice, que la capsaicina contenida en la cayena molida y transformada
en pimienta aplicada en crema es un eficaz remedio de urgencia en caso de
infarto.
Tanto la Medicina Ayurvédica como la Medicina Tradicional
China aseguran que aumenta las defensas
y ayuda a disolver las flemas, el colesterol y los trombos limpiando las
arterias además de hacer un efecto beneficioso sobre el estómago, el bazo y el
corazón. Estos datos han sido ratificados,
recientemente, mediante un estudio realizado en la Universidad de Tasmania,
Australia. Igualmente se ha constatado que en forma de parche, crema aceite o
ungüento aplicado externamente reduce el dolor en patologías como la artrosis
reumatoide y distintos tipos de neuropatías.
Anoche preparé la cena y, entre otros, un plato de champiñón al ajillo. Hasta ahora
siempre lo había preparado con ajos fileteados y una cayena rota, con los dedos,
encima de la sartén. Anoche le puse una
pizca de pimienta de cayena en lugar de la cayena seca de siempre. El resultado
fue que tenía un fino sabor, muy agradable, y estaba muy bueno. Pero lo verdaderamente
interesante fue que, después de la cena, y durante toda la noche, estuve muy
relajado y con calor interior muy agradable. Hoy voy a repetir.
Y así, con este trajín, hasta otro día.